Frases de la película La Sal de la Tierra

Frases de la película dirigida por Juliano Ribeiro Salgado y Wim Wenders, estrenada en 2014, también conocida como The Salt of the Earth: A Journey with Sebastião Salgado.

¿Una película sobre la vida de un fotógrafo? Tal vez es bueno recordar primero de dónde viene la palabra. En griego, phos significa "luz”. Y graf es escritura, pintura. Un fotógrafo es literalmente alguien que pinta con luz. Un hombre escribiendo y reescribiendo el mundo con luz y sombras.

Ahí, en tan solo un segundo, se me reveló la historia de la humanidad. La construcción de las pirámides. La torre de Babel. Las minas del rey Salomón. Ni el sonido de una sola máquina se podía escuchar. Lo único que se escuchaba era el murmullo de 50 mil personas en un enorme agujero. Conversaciones, ruidos, movimientos humanos mezclados con los sonidos del trabajo manual. Regresé a los umbrales de la civilización.

Todos esos hombres juntos formaban un mundo extremadamente organizado pero dentro de una completa locura. Te da la impresión de que son esclavos pero ahí no había un solo esclavo. Eran solo esclavos ante la idea de volverse ricos.

Los hombres que tienen contacto con oro nunca lo pueden dejar.

La primera vez que vi esta fotografía fue en una galería. Hace más de veinte años. No tenía idea de quién la había tomado.
Quienquiera que fuera, tendría que ser ambos, un gran fotógrafo y aventurero.

El galerista sacó del cajón otras impresiones del mismo fotógrafo. Lo que vi me conmovió profundamente. Especialmente esta imagen. El retrato de una mujer tuareg ciega. Todavía me conmueve hasta las lágrimas aunque la vea todos los días. Ya que cuelga arriba de mi escritorio desde entonces. Así que una cosa segura sabía sobre Sebastião Salgado. Realmente le importaba la gente. Eso significó mucho para mí. Después de todo, la gente es la sal de la tierra.

Si pones a muchos fotógrafos en un mismo lugar cada uno tomará fotografías muy diferentes. Porque necesariamente vienen de diversos lugares. Cada uno crea su visión de acuerdo a su historia.

Caminando con él a través de las montañas un día me dijo: "Escucha, Sebastião. Yo sé que tú eres un enviado del cielo".
De acuerdo a las leyendas de los Saraguros...Dios, en la imagen de Cristo regresaría a la Tierra a observarlos para decidir quién iría al cielo. Mientras caminábamos las montañas, me contó sobre su vida. Seriamente creía que yo había llegado como una especie de observador que reportaría, "allá arriba", sobre su comportamiento. Nunca en mi vida había conocido gente con tan distinto sentido del tiempo. El tiempo que pasé con los Saraguros se sintió como un siglo. Todo se sentía tan lento. Era una manera diferente de pensar, un ritmo distinto. Había un fatalismo en sus rostros.

Eso es en el norte de México. Los Tarahumaras. Son grandes corredores, corredores de largas distancias. No caminan, corren. Dios, fue difícil seguirles el paso. ¡No caminaban, volaban! Ese es un Tarahumara. Su cara se ve profundamente marcada por la vida. Hermoso cabello, fantástico. La gente se acercaba a mi cámara y me daba la impresión que yo era algo más como un sonidista. Me decían cosas como si estuviera grabando sus historias. El poder de un retrato está en esa fracción de segundo cuando captas un destello de la vida de esa persona. Los ojos dicen mucho, la expresión del rostro... Cuando tomas un retrato, la foto no solo es tuya. La persona te la ofrece.

No se trata solo de acercarse a un oso y tomar una fotografía. Si el encuadre es pobre solo mostrarás al oso, pero no será una fotografía.

La mortalidad infantil era muy alta en el noroeste de Brasil. Estos niños morían antes de ser bautizados. Ellos tienen la creencia de que los niños que no son bautizados no tienen derecho a ir al cielo. Se quedan en un terreno intermedio llamado limbo. Si un niño muere con los ojos cerrados, es porque fue bautizado. Si sus ojos están abiertos los dejan así para que pueda encontrar su camino. De otra manera, deambularía por toda la eternidad.

- Abuelo, ¿fuiste feliz en esta granja?
- ¿Perdón?
- ¿Fuiste feliz aquí?
- ¿Que si fui feliz? Sí, porque fui capaz de ofrecerle una educación a mis siete hijas y a Sebastião. Yo crié a mis hijos, fue difícil...pero soy feliz de haberlo hecho.

Trabajé en Etiopía en 1984 y seguí a través del Sahel en el '85 y el '86. Pasé casi dos años en esa región informando sobre la hambruna. Había campos de refugiados. Los más grandes vistos en la historia de la humanidad. Y yo, en verdad, quería retratar eso. Mostrar que una gran parte de la humanidad vivía realmente angustiada debido a un problema de compartir y no solo por un desastre natural.

La hambruna debilita el cuerpo pero son las enfermedades secundarias las que matan. Si tienes cólera, la deshidratación es tan rápida que pierdes casi 12 litros de agua al día por la diarrea. Mueres en dos o tres días. Rostros tan jóvenes envejecidos por tanto sufrimiento. Si observas su frente, no es un hombre viejo. Lo que es viejo de él es el vacío en sus ojos. Mira lo joven que es, ¡mira a su bebé! Él es su esposo. La mayoría de las muertes eran por la noche debido al frío.
El morir aquí, en realidad, era una continuación de la vida. La gente estaba acostumbrada a morir.

En el ritual copto el cuerpo debe estar limpio cuando se confronte con Dios. Se debe lavar todo el cuerpo aunque haya poca agua. Con cada persona que muere, un pedazo de todos muere.

Este hombre venía de Etiopía. Su camello había llegado a su límite. Tal vez estaba muerto...Pero el hombre había aguantado y aguantado. Cuando al fin llegó con los doctores, su hijo ya había muerto. Después de tan larga caminata.

Estos son dos amigos pretendiendo que era un domingo normal por la tarde sentados bajo un árbol, contando historias. Hay mucha agua en el Nilo, pero ahí fue donde la gente murió...Porque no había nada que comer. Estaban en las últimas etapas de sus calvarios.

Fui a Malí. Había una severa sequía ahí también. La piel se convierte como en una corteza de árbol. Como un árbol marcado por el viento del desierto.

Este niño estaba solo...Con su instrumento, su pequeña guitarra, en una mano. Con su trozo de camisa aún colgando. Ningún pantalón, nada. Mira su determinación, su postura. Él sabía adónde se dirigía. Buscando otros grupos, otros pueblos con su perro. Un niño de ocho o nueve años.

En cuanto vi las imágenes por televisión sentí la necesidad de cubrir esta historia. Fue como trabajar en un enorme teatro. Quinientos pozos petroleros ardiendo. Un enorme escenario del tamaño del planeta. Sin restricciones, podías ir adonde quisieras. Había una gran descarga de humo de petróleo. El humo era tan denso que el sol no podía ni siquiera pasar. Había días en los que pasaban 24 horas seguidas en la oscuridad. Una vez que un fuego fue apagado la tierra estaba aún muy caliente. Tuvieron que derramar una gran cantidad de agua para enfriarla. Si no, el petróleo se hubiera prendido de nuevo.

Ese día estaba con un periodista del New York Times. Ya que era una tierra de nadie, arruinada por la guerra tiramos la reja. Y dentro encontramos una especie de paraíso que se había convertido en un infierno. Era un jardín perteneciente a la familia real de Kuwait. Con caballos pura sangre que se habían vuelto completamente locos. Los animales son los primeros en huir de una catástrofe cuando son libres de irse, claro. Pero aquí no lo eran. También había aves. Era un oasis muy bien irrigado. Aves que ya no podían volar porque sus plumas estaban pegadas entre sí. Los kuwaitianos lo abandonaron cuando el desastre se aproximaba. Dejando atrás a los animales prisioneros y a los beduinos, a quienes realmente no consideraban como humanos.

Entré a Ruanda y fue aterrador. El número de cuerpos sin vida que vi en esa carretera. Aquí, una granada explotó. Los que no murieron por la granada, lo hicieron por los machetes. Ahí, comencé a sentir la magnitud del desastre que estaba presenciando. Un genocidio en proceso. Eran 150 kilómetros en carretera a Kigali. 150 kilómetros de cadáveres. Regresé, porque mi historia era sobre la gente.

Hacía un libro sobre refugiados, estaba trabajando en "Éxodo". Empecé a ir a los campos y pude ver la cantidad de gente que dejaba Ruanda. El infierno fue tomando el lugar del paraíso. Fue aterrador ver en esa hermosa sabana una enorme ciudad surgir. En pocos días, ya había casi un millón de personas. En medio de toda esa desgracia, una cosa que realmente me conmovió... Fue la relación entre esta madre y su hijo y la confianza del hijo en su madre.

La violencia estaba en todos lados pero lo más repugnante fue ver lo contagioso que el odio era.

Somos un animal feroz. El ser humano es un animal terrible. Aquí en Europa, en África, en Latinoamérica, en todos lados somos extremadamente violentos. Nuestra historia es una historia de guerras. Es una historia interminable. Una de represión. Un relato de locura.

La situación en Ruanda siguió cambiando. El ejército hutu, que gobernaba el país, fue derrotado y retirado al Congo, a la región de Goma. Primero, los Tutsi huyeron de la barbarie Hutu. Y luego, los Hutu huyeron de la ocupación Tutsi. Así que todo mundo huyó. En tan solo unos días en julio de 1994 la región de Goma recibió a más de 2 millones de personas. Era un desastre. Enfermedades como el cólera comenzaron a dispersarse mientras la gente moría como hormigas. De 12 a 15 mil personas morían cada día. Estaba tomando fotografías de esos montones de cadáveres cuando vi a ese padre cargando a su hijo. Lo arrojó en el montón y se fue con su amigo, platicando como si nada hubiera sucedido. No podían enterrar a todo el mundo.

Todo mundo debe ver estas imágenes. Debe ver lo terrible que es nuestra especie. Huérfanos, estaban en la carretera.
Tres niños. Los dos con los ojos más animados, vivirían. El de los ojos nublados estaba muriendo. Cuando me fui de ahí, estaba enfermo. Mi cuerpo estaba muy enfermo. No tenía ninguna enfermedad infecciosa pero mi alma estaba enferma.

Cuando me fui de ahí...Ya no creía en nada, en ninguna salvación para la especie humana. No podías sobrevivir tal cosa. No merecíamos vivir. Nadie merecía vivir. Cuántas veces no bajé mi cámara para llorar ante lo que veía.

Sebastião había visto las entrañas de la oscuridad...Y se cuestionó profundamente su trabajo como fotógrafo social y su papel como testigo de la condición humana. ¿Qué podría hacer después de Ruanda? Para esos momentos, la salud de mi abuelo había empeorado. Mis padres regresaron a Brasil para cuidar la granja. No era más que un terreno baldío, no sabían qué hacer con él. Los pájaros, caimanes y las selvas majestuosas habían desaparecido. No quedaba nada de las memorias de infancia de Sebastião. Y luego, a Lélia se le ocurrió una idea sorprendente: ¿Por qué no replantamos la selva que había antes? La selva que había antes y que alguna vez ocupó todas estas colinas. Era la mata atlántica. La selva tropical atlántica. Nadie había tratado de replantarla y menos a una escala de 600 hectáreas. La sugerencia de Lélia fue, probablemente, creada bajo el impulso de levantar el espíritu de la familia. Aun así, comenzaron a hacerlo. Y en los siguientes diez años, nada más que un hermoso milagro sucedió en esta tierra que desde entonces fue llamado Instituto Terra.

Te imaginas lo que tomó plantar estos árboles. Cuando era niño teníamos una pequeña cascada. Durante todo el año, el agua corría por la cascada. Mis hermanas y yo solíamos caminar hacia la cascada, hacíamos picnics. Aún había un gran bosque. Después todo fue deforestado y el agua desapareció. Nuestro bosque aún es muy joven, necesita mucha agua.
Pero en 10 o 15 años, cuando el crecimiento se estabilice estoy seguro que tendremos una hermosa cascada de nuevo.

Observas un árbol y piensas solo en su verticalidad, su belleza... Pero todo depende del árbol. Nuestra agua, nuestro oxígeno nuestro hogar. Hormigas, insectos, cigarras todos están ahí. Se siente bien abrazar un árbol que ayudaste a plantar. Está tan profundamente enraizado, firme en la tierra. En treinta años será así. Aún es muy joven, aún sigue creciendo. Estos son aún más jóvenes, pequeños. Tal vez brotaron anoche...Como Alicia entrando al País de las Maravillas. Es increíble que se volverán árboles de 40 metros o más y vivirán por 400 o 500 años. ¡Qué fortaleza!
El pensar que estos árboles de tres meses de edad alcanzarán su cúspide en 400 años. Tal vez de esa idea podríamos comprender el concepto de la eternidad. Tal vez la eternidad es mensurable.

Llegamos a la conclusión de que podía hacer un proyecto relacionado con el medio ambiente. Claro, primero pensé en denunciar la deforestación o la contaminación de los océanos lo que fuera. Luego pensamos en hacer un proyecto distinto.
Le haríamos un tributo al planeta. Y nos sorprendimos al descubrir que casi la mitad del planeta está justo como en el momento de la creación.

Muchos de mis amigos dijeron: "No, no tomes ese camino. Es riesgoso. Tú eres conocido como un fotógrafo social y te estás aventurando en el campo de los paisajes, de la vida salvaje". Dije: "No me importa, ¡vamos a hacerlo! Debo aprender a fotografiar eso también". Y comencé con mi primera historia. Quería que fueran las Galápagos. Quería entender lo que Darwin comprendió. Las mismas especies en ecosistemas muy distintos evolucionarán diferentemente.
Viendo este detalle de la pata de una iguana no puedo evitar pensar en la mano de un caballero medieval. Con esas escamas metálicas como protección. Viendo la estructura del hueso de la pata veo que la iguana también es mi familiar.
Venimos de la misma célula. Cuando te enfrentas a una criatura de esa edad estás ante una autoridad real con todas esas arrugas, todo ese conocimiento. Cuando Darwin vino aquí esa tortuga ya era un adulto. Tal vez vio a Darwin. ¿Quién sabe?

Un día estaba muy cansado ya que caminamos durante mucho tiempo por unos campos de lava. Me acosté en la playa a descansar cuando sentí que algo tocaba mi pierna. Miré y era un león marino. Otro se acercó a un lado. ¡Éramos tres leones marinos! No veían a un ser humano como un depredador ni como una amenaza.

También me hice amigo de una ballena. Esas son ballenas en Argentina. Un adulto mide 35 metros de largo y pesa aproximadamente 40 toneladas. Se acercó tanto al bote que pude tocarla. Y fue increíble. ¡Una piel tan sensible! Mientras la acariciaba podía ver su cola, a 35 metros de donde estaba, temblar. Una sensibilidad increíble. Teníamos un bote pequeño, de 7 metros. Ella sabía que podía habernos hundido. Pero no golpeó el bote ni una sola vez. ¡Ni una! Al irnos, empezó a mover su cola.

El Obi es un río muy especial. Un enorme río siberiano. En este punto, tiene 47 kilómetros de ancho. Cuando pasas el Obi, ya estás en el Círculo Ártico. No hay horizonte, no hay nada. Te encuentras en una plancha blanca, tan ancha como el universo mismo.

BRASIL, ESTADO DE PARÁ TRIBU ZO'É, 2009
Realmente viven en el paraíso. Es el único lugar que he encontrado en donde las mujeres tienen 4 o 5 esposos. Mientras que los hombres tienen también muchas mujeres. Cada mujer tiene un esposo cazador un pescador un campesino uno que ayuda en la casa. Las mujeres tienen gran poder. Tienen una influencia en los hombres muy considerable. Una cosa que me pareció interesante sobre estas personas era la perfecta consciencia de su apariencia. Cuando estaba por tomar una fotografía sabían que haría una representación de su imagen. Al principio se emocionaban, luego, perdían interés.
No era su mundo. Por otro lado, estaban muy interesados en mi cuchillo. Mi amigo Ypô me hizo jurarle que le daría mi cuchillo. Pero la Fundación Nacional del Indio me hizo prometerles que no les daría ningún objeto a estas personas con el objetivo de proteger su pureza. Así que dijo: "Hagamos un trato. El día que te vayas tira tu cuchillo por la ventana del avión. Seguiré la ruta del avión ¡y encontraré tu cuchillo!"

Estas plantas son muy viejas. Han estado aquí por 40 o 50 años. Son plantas maravillosas. Helechos. Una planta de sombra, del corazón de nuestro bosque...de las partes más altas. Me recuerda al pelo de mi madre. Mi madre era muy hermosa. Estas eran sus plantas y después de su muerte mi padre se hizo cargo de ellas hasta que murió. Luego, las trajimos aquí. Mira, está lloviendo. Una lluvia hermosa. Esta tierra es demasiado importante para nosotros. Completamos un ciclo con esta tierra. En este ciclo, hemos gastado nuestras vidas. Las vidas de mis padres de mis hermanas una gran parte de mi vida...Y hoy, vivimos nuestras vidas aquí de nuevo. Lélia y yo. Esta tierra continúa contando nuestra historia. Formó mi niñez y ahora acompaña mi vejez. Y cuando muera esta tierra será igual que cuando nací. Y el ciclo estará completo. Es la historia de mi vida.

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