Frases de la película Érase una vez en el Oeste

Frases de la película dirigida por Sergio Leone, estrenada en 1968, también conocida como Hasta que llegó su hora, C'era una volta il West y Once Upon a Time in the West.

Si quiere boletos, tiene que volver por la parte delantera de... Bueno, no pasa nada.

- ¿Me has traído un caballo?
- Bueno, parece que nos... Parece que nos falta un caballo.
- Has traído dos de más.

- ¡Más grandes las rebanadas, mujer! Vamos a celebrar una fiesta, ¿no?
- Son como las de siempre.
- Ya, claro. Como las de siempre. Maureen. Pronto podrás cortar las rebanadas todo lo grandes que quieras. Tendrás ropa nueva preciosa y no hará falta que trabajes más.
- ¿Nos haremos ricos?
- ¿Quién sabe?

- Un momento. ¿Cómo la reconoceré?
- No hay modo de que te equivoques. Es joven, guapa y es una señorita. "Para viajar, llevaré un vestido negro y el mismo sombrero de paja que tenía cuando nos conocimos".

- ¿Qué hacemos con éste, Frank?
- Ahora que me has llamado por mi nombre...

- ¿Cómo se llama el sitio adonde quiere ir?
- Aguadulce. La granja de Brett McBain.
- ¿McBain? Sí, claro. Ese terco pelirrojo irlandés que lleva años labrando arena en pleno desierto. ¡Aguadulce! Sólo un loco como él llamaría Aguadulce a esa horrible parte del desierto. ¡Aguadulce!

- ¿Por qué paramos? Le he dicho que tenía prisa.
- Hasta el tren para.

- Hay una bañera llena al fondo. Tiene suerte. Sólo la han utilizado tres personas esta mañana.
- ¿Por separado o juntas?
- Se nota que usted es de buen vivir.

¿Sólo sabes tocar o sabes disparar?

- Hace un rato, vi tres mantos como éstos. Estaban esperando un tren. Dentro de los mantos, había tres hombres.
- ¿Y?
- Dentro de los hombres, había tres balas.

Mataré a quien sea, pero jamás a un niño. Sería como matar a un cura. Me refiero a uno católico.

A propósito, ¿conoces a un hombre que va por ahí tocando una armónica? Es alguien del que no te olvidarías. En vez de hablar, toca. Y cuando debe tocar, habla. Cuando has matado a cuatro, no cuesta que sean cinco.

- Estoy aquí sola en manos de un bandido que husmeaba el dinero. Si quieres, puedes tirárteme en la mesa y entretenerte. Y llamar a tus hombres. Ninguna mujer se ha muerto por ello. Cuando acabes, sólo necesitaré un baño de agua hirviendo y volveré a ser la misma de antes. Sólo que con otro recuerdo obsceno.
- Por lo menos, ¿haces buen café?

- Dime, ¿hacía falta que los matases a todos? Sólo te dije que les dieses un susto.
- La gente se asusta más cuando está muriéndose.

Me subí al tren en el Atlántico y, antes de que me falle la vista, quiero ver el Pacífico por esa ventana.

Hasta la tuberculosis ósea se propaga rápido.

- ¿Qué sientes sentado tras ese escritorio?
- Es casi como estar agarrando un revólver. Sólo que mucho más poderoso.

Hay muchas clases de armas. Y la única que puede parar eso es ésta. ($)

Mis armas le parecerán simples, pero hacen agujeros lo bastante grandes para resolver los problemas.

- Aunque a Dios le vaya a costar librarte de las garras del diablo. Aún juro que se dejó dinero en algún sitio.
- Si lo encuentras, quédatelo.
- Te mereces más.
- El último hombre que me dijo eso está enterrado ahí fuera.
- Jill, me recuerdas a mi madre. Fue la mayor ramera de Alameida y la mejor mujer del mundo. Quien fuese mi padre, durante una hora o un mes, debió de ser un hombre feliz.

¡Deberías de aprender a vivir como si no existieras!

¿Cómo se puede confiar en un hombre que lleva tirantes y cinturón? No se fía ni de sus pantalones.

Frank, el índice de mortalidad de tus amigos es alto. Primero tres, luego dos.

- ¿Qué quieres? ¿Quién eres?
- Dave Jenkins.
- Dave Jenkins lleva mucho tiempo muerto.
- Calder Benson.
- ¿Cómo te llamas? Benson también está muerto.
- Deberías saberlo mejor que nadie. Tú les mataste.

Si les da problemas, denle. No en la boca. Tiene que hablar. Y mucho.

Por donde pasas dejas baba como los caracoles.

- McBain encargó esto también. Dijo que era importante, pero parece que se olvidó de decirme qué quería que imprimiese.
- Estación.
- ¿Cómo dice?
- He dicho que imprima "estación".

Cuando sales de ese tren, pareces una tortuga fuera de su caparazón.

- Las máquinas de vapor no funcionan sin agua. Y la única agua 75 Km. al oeste de Flagstone está aquí. Bajo este suelo. No era tonto nuestro difunto amigo. Pensaba vender este trozo de desierto por su peso en oro.
- Uno no vende el sueño de su vida.

- Un pueblo construido alrededor del ferrocarril. Podrías hacerte rico. Cientos de miles de dólares. Más que eso. Miles de miles.
- A eso le llaman millones.

- Jefe, ¿qué tenemos que hacer?
- ¿Qué tienen que hacer? ¡Construir una estación, imbéciles!

Estoy empezando a pensar que me pesaría algo matarte. Te gusta vivir. También te gusta sentir las manos de un hombre por todo tu cuerpo. Eso te gusta. Aunque sean las manos del hombre que mató a tu marido.

- ¿Hay algo en el mundo que no harías para salvar el pellejo?
- Nada, Frank.
- Ahora entiendo por qué te echan tanto en falta en Nueva Orleans.

Sé que no estamos ofreciendo California, pero 200 es poquísimo por toda esa propiedad. Damas y caballeros, yo no aceptaría 200 ni como depósito.

- ¿Cómo se juega a esto, Sr. Morton?
- Muy fácil.
- Mientras use la cabeza, jamás perderá.

- La recompensa por este hombre es de 5.000 dólares, ¿no?
- Judas se conformó con 4.970 dólares menos.
- Entonces no había dólares.
- Pero sí hijos de puta.

- Hiciste un buen trato. La subasta.
- Olvídate. No invierto en fincas.
- No te pareces al noble defensor de las pobres viudas indefensas. Pero bueno, no parezco una pobre viuda indefensa.

Tienes que aprender a no forzar las cosas. Calmarse es lo primero que debe hacer todo hombre de negocios.

Presiento que vamos a oír ese ruido extraño. Ahora mismo.

El tiempo vuela. Ya son más de las 12.

- ¿Has hecho café?
- Esta vez sí.
- Está bueno. Mi madre solía hacer el café así. Caliente, fuerte y bueno.

- ¿Has descubierto que no eres un hombre de negocios?
- Sólo un hombre.
- Una raza antiquísima.

Ahora no importa nada. Ni la finca ni el dinero ni la mujer. He venido a verte. Porque sé que ahora me dirás lo que pretendes. Sólo en el momento de morir.

En tu lugar, bajaría a dar algo de beber a esos muchachos. No te puedes imaginar cuánto se alegran los hombres al ver a una mujer como tú. Sólo con mirarla. Y si alguno te da una palmada en el trasero, haz como que no es nada. Se lo merecen.

- Tengo que irme. Quedará un pueblo bonito, Aguadulce.
- Espero que regreses algún día.
- Algún día.

Harmónica. Cuando te den, ruega que sea alguien que sepa dónde disparar. Vete. Vete. Vete. No quiero que me veas morir.

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