Frases de la película Barry Lyndon

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Frases de la película dirigida por Stanley Kubrick, estrenada en 1975

El objeto de la atención de Barry y la causa de sus primeros apuros fue su prima, de nombre Nora Brady.

- La cinta que llevaba al cuello, la oculté en mi persona. Si la encuentras, es tuya. Puedes buscarla donde desees. Y te tendré en poca estima si no la hallas.
- No puedo encontrarla.
- No has buscado bien.
- No puedo encontrarla.
- Te ayudaré.
- Siento la cinta.
- ¿Por qué tiemblas?
- Es... el placer de hallar la cinta.
- ¡Mentiroso!

- ¿Tenías que bailar cinco veces con el Capitán Quin?
- Me importa un bledo el Capitán Quin. Baila con gracia y tiene mucho donaire. El uniforme le cae muy bien.
Si me invitó, ¿cómo podía rechazarle?
- A mí me rechazaste.
- Contigo puedo bailar siempre. Y si bailo con mi primo, parece que no pudiera hallar otra pareja. Además, el Capitán Quin es un hombre. Tú eres sólo un niño, y sin un céntimo.

- No, Nora... Excepto por ti y otras cuatro juro por todos los dioses que mi corazón jamás sintió la dulce Ilama.
- ¡Vosotros los hombres...! ¡Vosotros los hombres, John...! Vuestra pasión no es como la nuestra. Nosotras somos como una planta de que leí. Damos una sola flor, y después morimos.
- ¿Quieres decir... quieres decir que jamás sentiste tal inclinación por otro?
- Nunca, John mío. ¿Cómo puedes hacerme semejante pregunta?
- ¡Norelia, amor mío!

Barry decidió no volver a ver a Nora. Pero tales decisiones, aunque se mantienen firmemente una semana se abandonan en momentos de desespero.

- ¡Buena la hiciste hoy, mi señor Don Redmond! ¡Sabiendo la situación de tu tío entorpecer una boda que le aportaría 1.500 guineas anuales! Quin ha prometido pagar las 4.000 libras que apuran a tu tío. Se Ileva una joven sin dote que se ha lanzado a los brazos de todos los hombres del lugar ¡y para nada! ¡Tu, que deberías querer a tu tío como a un padre!
- Y le quiero.
- ¿Y es así como le agradeces su cariño? ¿No te dio cobijo al morir tu padre? ¿No os dio a ti y a tu madre una buena casa libre de alquiler?
- Oye esto, y que ocurra lo que ocurra. Pelearé con el hombre que pretenda a Nora. Le seguiré aunque sea hasta a la iglesia, y me batiré con éI. Tendré su sangre, o el la mía.
- ¡A fe que te creo! ¡Muchacho más arrojado, no vi jamás! Dame un beso, hijo mío. Eres mi alma gemela.

- Vuélvase y mantenga las manos levantadas por favor.
- Hay unas 20 guineas en oro, padre.
- Parece disfrutar de buena posición, caballero.
- Capitán Feeney, es todo lo que mi madre poseía. ¿Podría conservarlo? Yo también voy huyendo de la justicia. Maté en duelo a un oficial inglés y voy a Dublín escapando.
- Sr. Barry en mi oficio oímos muchas historias semejantes. La suya es de las más conmovedoras que he oído últimamente. Me es imposible acceder a su petición. Pero le diré lo que voy a hacer. Le dejaré conservar esas botas que, en otro caso, me habría quedado.

- ¿Le pasó algo a Nora?
- Quedó tan apesadumbrada cuando te fuiste que tuvo que consolarse con un marido. Ahora es la esposa de John Quin.
- ¿De John Quin?
- ¿Había otro John Quin? No. Es el mismo, hijo mío. Se recuperó de la herida. Tu bala difícilmente podía lastimarle. Estaba hecha de estopa.
- ¿Estopa?
- Los Brady no podían dejarte matar 1.500 guineas anuales. Organizaron el duelo para poder quitarte de en medio.

Es hermoso soñar con la gloriosa guerra en un sillón en casa pero es muy distinto verla cara a cara.

¿Te gustaría quedarte conmigo? Por unos días o una temporada...

La dama que se enamora de un galán de uniforme ha de acostumbrarse a cambiar de amante o a vivir desconsolada. El corazón de Lischen era como muchas de las ciudades vecinas. Varias veces había sido ocupado, antes de que Barry lo invadiera.

- Cabo Barry es Ud. Un buen soldado y sin duda, de buena casta. Pero es holgazán y carece de principios. Es mal ejemplo para la tropa. A pesar de su valentía, estoy seguro de que acabará mal.
- Espero que el Coronel se equivoque. Caí entre malas compañías, pero no obré peor que otros soldados.
Y nunca tuve un amigo o protector a quien demostrar de lo que soy capaz. El Coronel puede censurarme y mandarme al infierno. Pero yo iría al infierno por servir al regimiento.

Fue una imprudencia, pero cuando Barry vio el esplendor del Chevalier y lo noble de su aspecto le fue imposible continuar fingiendo. Los que no conocen el exilio ignoran lo que es oír una voz amiga en la cautividad y no podrán comprender el motivo del brote de sentimientos que va a tener lugar.

- Chevalier aunque no puedo decirle cómo creo que me ha hecho trampa.
- Niego la acusación de su Alteza y le ruego me diga cómo ha sido engañado.
- No lo sé. Pero creo que lo he sido.

Siempre jugaban a crédito con personajes de honor o alcurnia. Nunca presionaban a sus deudores ni se negaban a aceptar pagarés. Mas, ¡ay del que no pagara al vencer estos! Barry no dejaría de pasarle la factura.

Es evidente que esa vida con todo su esplendor, no carecía de dificultades ni peligros. Exigía talento y determinación y les obligaba a vivir errantes y sin raíces. Y aunque bogaban en la cúspide de la fortuna y prosperaban con las cartas, todo su esfuerzo se traducía en ropas finas y alguna bisutería.

- Buenas noches, Sr. Barry ¿acabó ya con mi esposa?
- ¿Cómo ha dicho?
- Vamos, vamos... Prefiero que me tengan por cornudo, que por tonto.
- Creo que ha bebido demasiado.
- ¿Qué?
- El hecho es que su capellán, el Sr. Runt, me presentó a su esposa para que me aconsejara en un punto de religión en que es experta.
- ¡Quiere reemplazarme! ¡Quiere reemplazarme! ¿No es un placer para mí, conforme se acerca mi fin el ver mi hogar tan feliz y a mi esposa, tan amante, que hasta está buscando un sucesor? ¿No alivia verla, como ama de casa prudente disponiendo todo para mi partida?
- ¿Sir Charles, no estará pensando en dejarnos?
- No tan pronto como Ud. Quizás se imagina. Muchas veces me han desahuciado en estos cuatro años y siempre había algún candidato esperando para solicitar mi puesto. Lo siento. Me apena verle a Ud. O a cualquier otro esperando. ¿Por qué no habla a mi doctor o hace que el cocinero me aderece un plato con arsénico? ¿Creen Uds. Que aún viviré para ver al Sr. Barry en la horca? Señor, el que ría de último reirá mejor.

Barry había llegado a la cúspide de la prosperidad. Por sí mismo se había elevado a la más alta esfera de la sociedad...Logrando el permiso de Su Majestad para añadir el nombre de su bella esposa al suyo propio Redmond Barry asumió desde entonces la condición y el título de Barry Lyndon.

- Lord Bullingdon, le veo especialmente sombrío. Debería alegrarle que su madre se haya casado.
- No de este modo. No con tanta prisa. Y no con este hombre.
- Juzga a su madre con excesiva dureza. ¿No le gusta su nuevo padre? No mucho. No me parece más que un simple oportunista. Creo que no ama a mi madre y me duele verla dejarse engañar así.

Lady Lyndon tendía a la tristeza y la melancolía. Abandonada por su marido, raramente se hallaba de buen humor. Ahora, a sus otras quejas, había de añadir la de los celos y hallar rivales incluso entre sus criadas.

- Lord Bullingdon ¿cómo trata así a su padre? Lord Bullingdon, ¿se tragó la lengua?
- Mi padre era Sir Charles Lyndon. No le he olvidado, como otros.
- ¡Ha insultado a su padre!
- Señora, Ud. Insultó a mi padre.

¡Qué bendición ver que has alcanzado la posición que te cuadra y para la cual te eduqué con tanto sacrificio! El pequeño Bryan es un encanto y vives con gran esplendor. Tu esposa sabe que tiene un tesoro mayor que si fuera duquesa. Pero, ¿y si se cansara de mi indomable Redmond y sus modales irlandeses? ¿O si muriera...? ¿Qué futuro tendrían entonces mi hijo y mi nieto? Tú no tienes un solo penique y sin su firma no puedes hacer nada. A su muerte la fortuna pasaría a Lord Bullingdon que te profesa muy poco afecto.
Podrías verte pobre mañana y mi querido Bryan quedaría a merced de su hermanastro. ¿Quieres oír mi opinión? Sólo hay un modo de que tú y tu hijo estén a cubierto. Tienes que obtener un título.

El dinero, cuando se aplica juiciosa y oportunamente puede lograr cualquier cosa.

Cuando yo patrocino a una persona, éI o ella están a salvo. Ya no se duda más ellos. Mis amigos son los mejores. No digo que sean los más virtuosos ni, desde luego, los menos virtuosos, ni los más listos ni los más estúpidos, ni los más ricos...Digo "los mejores". En una palabra, gente a la que no se cuestiona.

La lucha por ese título, fue la empresa más desdichada de Barry. Por lograrlo hizo enormes sacrificios. Derrochó dinero aquí y diamantes allá. Compró tierras a diez veces su valor. Adquirió cuadros y objetos de arte a precios desorbitados. Agasajó a aquellos amigos que, en su opinión por hallarse muy próximos a Su Majestad, podían ayudarle. Y os diré que se administraron sobornos, y a grandes personajes tan próximos a Su Majestad que os asombraría saber qué grandes caballeros consintieron en aceptar sus préstamos.

Barry era capaz de conseguir una fortuna pero incapaz de conservarla. Pues las mismas cualidades que permiten a un hombre conseguirla suelen ser también la causa de su ruina. Ahora se veía agobiado por todas las responsabilidades que son funesta compañía del rango y la fortuna. Su vida ahora parecía consistir sólo en cartas a abogados y prestamistas y en correspondencias con decoradores y cocineros.

- ¿Acabó ya, Sr. Redmond Barry?
- Sí. Ya acabé.
- Pues escúcheme bien. Desde este momento no me someteré a más castigos de su parte. Si vuelve a ponerme la mano encima, le mataré.

¡Señora! He aguantado hasta el límite los castigos de este irlandés insolente que Ud. Ha metido en su cama.
No es lo bajo de su origen ni su brutalidad lo que me disgusta sino el modo en que trata a Su Merced su comportamiento grosero y vulgar su patente infidelidad y su desvergonzada malversación de nuestra fortuna. Y puesto que no puedo castigar a este rufián y no puedo aguantar el trato que a Ud. Le depara y le detesto como a la peste he decidido dejar esta casa para no volver. Al menos mientras dure su detestable existencia o la mía.

De haber matado a Lord Bullingdon Barry no habría sido tratado con mayor frialdad y despego que los que hallaba en todas partes. Sus amigos le abandonaron y nació el mito de su crueldad con su hijastro.

Barry tenía sus defectos pero nadie podía acusarle de no ser un padre solícito y tierno. Amaba a su hijo con parcialidad ciega. No le negaba nada. Imposible expresar lo que para él deseaba y los miles de sueños que abrigaba con respecto a sus futuros éxitos. Pero estaba escrito que con él terminaría su estirpe y que acabaría sus días pobre, solo y sin hijos.

- Papá. ¿Voy a morirme?
- No, amor mío, no vas a morirte. Vas a ponerte mejor.
- Pero no siento nada, excepto en las manos. ¿Es eso porque parte de mi cuerpo está ya muerto?
- No, tesoro, ahí es donde te lastimó el caballo. Pero vas a ponerte bien.
- Papá, si me muero, ¿iré al Cielo?
- Claro que sí, amor mío pero no vas a morir.
- Mamá, dame la mano. Papá, dame la mano. ¿Me prometéis una cosa?
- Sí.
- Prometedme que no volveréis a pelear y que os querréis mucho para que podamos volver a reunirnos en el Cielo donde Bullingdon dice que no entran los que pelean.
- Te lo prometemos.

La pena de Barry fue inconsolable. El único solaz que halló, fue el de la bebida. Su madre fue la única que le permaneció fiel en esta desventura.

- Reverendo Runt la tragedia acaecida a esta familia han hecho innecesarios los servicios de un tutor. Y por hallarnos en dificultades económicas me temo que he de pedirle, muy a mi pesar que dimita de su puesto.
- Señora, comprendo el trance en que se halla y no se preocupe por mis honorarios, a los que puedo renunciar. Pero me niego a abandonar a Lady Lyndon en estas circunstancias.
- Siento mucho decirle esto pero Ud. Es en gran parte responsable de su estado de ánimo. Cuanto antes se vaya Ud., antes se repondrá.
- Con el mayor respeto yo sólo admito órdenes de Lady Lyndon.
- Reverendo Runt Lady Lyndon no está en condiciones de dar órdenes. Mi hijo me confió la administración del castillo hasta que recupere el interés por los asuntos mundanos. Mientras yo administre Ud. Recibirá órdenes de mí. Sólo me preocupa Lady Lyndon.
- Señora lo que le preocupa es la firma de Su Merced. Ud. Y su hijo casi han logrado acabar con la fortuna familiar. Y sólo disfrutarán del resto teniendo a Lady Lyndon como prisionera.
- Reverendo Runt este asunto no requiere más discusión. Hará su equipaje y partirá lo más tarde mañana.

En medio de este desconcierto Lady Lyndon trató de envenenarse. Aunque sólo logró enfermarse gravemente por lo reducido de la dosis el hecho provocó la esperada intervención de cierta persona.

- ¿Está aquí el Sr. Barry Lyndon?
- Sí, señor. Está dentro.
- Señor Redmond Barry...La última vez que nos vimos me causó a sabiendas agravio y deshonor hasta el punto que ningún caballero podría sufrirlo sin exigir satisfacción a pesar del tiempo transcurrido. Hoy vengo a exigir dicha satisfacción.

- Lord Bullingdon, ya que el Sr. Lyndon disparó al suelo ¿considera que ha recibido satisfacción?
- No he recibido satisfacción.

Sr. Lyndon Lord Bullingdon me ha encargado que le ofrezca una pensión de 500 guineas anuales de por vida. Específicamente con la condición de que abandone Inglaterra y de que se le detenga en el momento en que regrese. Lord Bullingdon me ha encargado también que le diga que si decidiera quedarse su permanencia aquí le Ilevará infaliblemente a la prisión ya que, en virtud de las presentes circunstancias, pronto habría innumerables mandamientos judiciales contra Ud por deudas contraídas hace ya tiempo. Su crédito está tan maltrecho que no puede esperar reunir un solo chelín.

Totalmente destrozado y abatido ¿qué podía hacer aquel hombre solo y afligido? Aceptó la pensión y regresó a Irlanda con su madre a acabar de recuperarse. Pasado algún tiempo, se trasladó al extranjero. Qué clase de vida llevó allí, no tenemos modo de saberlo. Pero, al parecer, volvió a su profesión de jugador sin la fortuna de antes.

FUE DURANTE EL REINADO DE JORGE III CUANDO LOS ANTEDICHOS PERSONAJES VIVIERON Y DISPUTARON; BUENOS O MALOS, HERMOSOS O FEOS, POBRES O RICOS TODOS SON IGUALES AHORA.

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